Tenemos claro que Peñas Blancas es un colegio muy especial. Algo único, muy nuestro, que se ha fraguado a lo largo de más de una década con el amor y la sabiduría de familias, acompañantes y niños que han dejado su huella.
Aun así, hay pedagogías, conocimientos y personas sabias que conquistan nuestro corazón y nos sirven de inspiración en nuestro día a día. Estos conocimientos también dejan huella en nosotros y nos permiten tener la oportunidad de aplicar aquello que otros ya probaron antes, así como darle nuestro toque para sentirnos en paz con ello.
La pedagogía Waldorf es una de esas enseñanzas que nos cala hondo y con la que nos sentimos muy cómodos, en muchos aspectos, pero sobre todo en la etapa de infantil.
Defendemos que el aprendizaje está basado en las tres dimensiones del ser humano: pensar, sentir y hacer.
Waldorf lo expresa proponiendo una educación íntegra del ser humano en cuerpo, alma y espíritu.
Sentimos que ambas cosas están íntimamente relacionadas entre sí.
La pedagogía Waldorf divide a los niños en septenios (0-7 años, 7-14 años, 14-21 años), haciendo énfasis en la forma de desarrollar sus capacidades en cada una de esas etapas.
Nuestra división educativa no puede ser en septenios exactos por la legislación aplicable en España. Sin embargo, sí pensamos que se asemeja mucho al modelo que proponemos en nuestra escuela, tanto en la división de edades como en el trabajo que se realiza.
Proponemos aquí un modelo basado en el juego y en el hogar, donde damos una prioridad absoluta al vínculo con el acompañante adulto (en realidad se lo damos en toda la etapa escolar).
Los niños aprenden por imitación viva de personas que les resultan familiares y amorosas.
El juego libre es su mayor herramienta de desarrollo; es su forma natural de relacionarse con el mundo, y nuestro trabajo consiste en observarlo y respetarlo sin intervención ni juicio alguno, proponiendo un espacio adecuado para que se dé.
El movimiento y la sensorialidad cobran un papel primordial. Es más, el juego es la mayoría de las veces a través del movimiento continuo y, sobre todo en los primeros años de vida, se desarrolla a través del propio cuerpo sin casi necesidad de materiales.
El mundo artístico, que a su vez nos trae la posibilidad de experimentación sensorial sin límites, se dará a través de materiales nobles y naturales.
La naturaleza es nuestro hogar y creemos firmemente que no tiene límites de exploración y creación. Cuando estamos en interior, intentamos traer y sentir la naturaleza como si estuviéramos fuera.
En la experimentación, la exploración de colores se hará de forma lenta y consciente, a través de pigmentos naturales y evitando el consumismo.
De la misma forma trabajaremos otros materiales naturales como el barro, las lanas vírgenes, el algodón, la madera, piedras y cualquier otro recurso que podamos tomar prestado, respetuosamente, de la madre tierra.
Tenemos claras aquí varias cosas:
• No hay prisa por terminar los proyectos. Lo queremos hacer lenta, consciente y cuidadosamente.
• La creación no debe ser intervenida ni dirigida en esta etapa. Esto es importante porque puede marcar una diferencia con la etapa posterior: antes de los 7 años los niños no están en un proceso de especialización ni de aprender oficios (sí de conocerlos), por lo que consideramos que no es el momento para aprender técnicas (que inevitablemente deben ser, en cierta medida, dirigidas), sino para crear, jugar y experimentar sin más límites que los que marquen las posibilidades materiales y el respeto al medio y al resto de personas que les rodean.
• Se fomenta un preaprendizaje basado en las capacidades reales del niño/a a esta edad, sin exigirle nada para lo que intelectual, motriz o emocionalmente no esté capacitado. Un niño de 5 años no va a tejer con aguja, sino con sus propios dedos. No va a cocinar con herramientas complejas, pero sí va a participar en tareas sencillas; no va a usar el taladro, pero sí va a lijar la madera.
Son solo ejemplos para facilitar la comprensión de la teoría, pero en realidad todo dependerá de la realidad del niño/a que tengamos delante.
Es desde la más temprana edad cuando empezamos a inculcar a los niños el valor por los cuentos e historias tradicionales y arquetípicas.
La magia de los cuentos nos acompañará desde las primeras retailas y juegos de dedos.
Aunque los libros tienen un gran valor como soporte visual, siempre que sus imágenes sean lo más naturales y realistas posible, apostamos fuertemente por la oralidad, por varios motivos:
• El narrador (en este caso el acompañante con vínculo) puede valorar la expresión de los niños, así como aprovechar este momento para mirarlos, conectar y vincular con ellos.
• La imaginación vuela más alto cuando no hay soporte visual preestablecido. El hada puede tener un vaporoso vestido rojo o un brillante pantalón azul, dependiendo de cada niño en cada momento, siempre y cuando no se la presentes antes.
• Por esto mismo, los cuentos no serán especialmente detallistas, dejando a la imaginación del niño (o del adulto que quiera escucharlo, claro) todo el trabajo.
• La magia de los cuentos despierta un mundo de fantasía importantísimo en el desarrollo sano del niño.
• Ayudan en su desarrollo social y emocional a través de temas concretos y reiterativos en este tipo de cuentos, como la lucha entre la luz y la oscuridad, los actos de valentía o la diversidad de personajes.
• La oralidad también da lugar a pequeños teatrillos con muñecos artesanales, juegos de dedos, la espontaneidad de contar cuentos en cualquier parte sin necesidad de preparar un soporte previo, etc.
Son los cuentos de hadas y las fábulas de animales nuestros preferidos en esta primera etapa vital.
Uno de los recursos principales de la pedagogía Waldorf es la importancia de los ritmos: emocional y sentido del tiempo.
No podemos estar más de acuerdo con esto.
Dividimos nuestro curso escolar en grandes ritmos marcados por la estacionalidad y las festividades tradicionales.
El respeto a la estacionalidad y temporalidad nos permite sentir y disfrutar nuestro día a día desde una posición más introspectiva o más extropectiva, siendo el invierno el tiempo de la escucha interna y el recogimiento, y el verano el tiempo de la alegría, la expresión y el compartir. El otoño y la primavera marcan, pues, tiempos de transición y preparación.
Nuestras semanas están divididas en cinco ritmos (los días de la semana), en los que cada día se da prioridad a un movimiento, actividad o conocimiento.
Los ritmos diarios están marcados por rutinas que señalan el inicio, el final y las actividades intermedias de la jornada, permitiéndole al niño/a conocer en cada momento lo que viene después, preparándose así para el compartir de una clase y de un hogar.
Además, diariamente marcamos el ritmo a través de momentos de expansión y recogimiento, lo que pensamos que permite al niño/a realizar transiciones calmadas, vivir el presente y asentar y reposar la experiencia.
Podríamos, por poner un ejemplo, disfrutar de un buen rato de juego libre y movimiento en el exterior, y después pasar a una actividad más pausada en interior. Para transitar de un momento a otro, el acompañante puede marcar un momento de relajación a través de la música, una historia, una práctica sensorial concreta o unos instantes para respirar y mirarnos a los ojos.
Por otro lado, y para finalizar, queremos compartir la importancia que le damos a la belleza, la armonía y el cuidado, al igual que se puede observar y aprender en la pedagogía Waldorf.
Esto se da cada día en la decoración de nuestras aulas (para nosotras es importante que sean lo más parecidas posible a un hogar y que los materiales sean pocos, sencillos y nobles). Se puede ver también en nuestras mesas de estación como representación de la naturaleza exterior, en nuestras vajillas de porcelanas hechas artesanalmente, en nuestras sábanas de algodón, en nuestras servilletas cosidas a mano por las familias…
RESUMEN POST 3 MINUTOS
En Peñas Blancas sentimos que nuestra escuela es un lugar único, creado con el amor y la presencia de familias, acompañantes y niños que, día a día, han dejado una huella imborrable. Y aunque tenemos una identidad muy propia, hay pedagogías que nos inspiran profundamente… y una de ellas es la pedagogía Waldorf.
Waldorf nos recuerda algo que para nosotras es esencial: que el aprendizaje nace del pensar, sentir y hacer, y que el desarrollo del niño debe acompañarse de manera íntegra, respetando su cuerpo, su alma y su espíritu. Aunque su modelo de septenios no puede aplicarse tal cual por la legislación española, sentimos que nuestra propuesta se alinea muchísimo con esta mirada, sobre todo en la etapa de infantil, de 0 a 6 años.
En estos primeros años apostamos por un ambiente de hogar y juego, donde la prioridad absoluta es el vínculo con el acompañante adulto. Creemos que los niños aprenden a través de la imitación viva, de personas que les muestran amor, calma y presencia. Por eso, el juego libre es el centro: su herramienta natural para explorar el mundo. Nuestro papel es observar, sostener y ofrecer un espacio cuidado, sin intervenir ni dirigir.
El movimiento, la sensorialidad y el arte están presentes cada día. Utilizamos materiales nobles y naturales, desde barro, lana, madera o piedras, hasta pigmentos y colores que invitan a experimentar sin prisas. No buscamos resultados perfectos: buscamos experiencias auténticas, procesos lentos y conscientes, y la libertad de crear sin juicios ni técnicas rígidas.
También damos un lugar muy especial a los cuentos y la oralidad. Las historias tradicionales, los juegos de dedos, los teatrillos sencillos… todo esto despierta la fantasía, la imaginación y fortalece el mundo emocional de los niños. Cuando no mostramos imágenes y contamos desde la voz, el niño imagina, crea y se conecta desde dentro.
Otro pilar fundamental es el ritmo. Organizamos el curso según las estaciones, celebramos festividades tradicionales y estructuramos las semanas y los días de forma que los niños sepan qué esperar. Alternamos momentos de expansión y recogimiento para que puedan transitar con calma, vivir el presente y asentar cada experiencia.
Y, por último, cuidamos profundamente la belleza y la armonía: aulas que recuerdan a un hogar, materiales sencillos, mesas de estación que conectan con la naturaleza, textiles hechos a mano, vajillas artesanales… Creemos que la belleza también educa, y que el niño merece crecer en un entorno cálido, amable y verdadero.
Así es como vivimos la infancia en Peñas Blancas: con respeto, presencia, ritmo, juego y belleza. Una escuela que crece con ellos… y gracias a ellos.
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